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CERRATO INSOLITO

San Casiano

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Actualizado 07/09/2020 09:53:55
Fernando Pastor

Si el maldito virus no lo hubiera impedido, ahora estarían celebrándose las fiestas de Villavaquerín de Cerrato. Y dentro de ellas una muy curiosa tradición: el desfile de San Casiano.

Si el maldito virus no lo hubiera impedido, ahora estarían celebrándose las fiestas de Villavaquerín de Cerrato. Y dentro de ellas una muy curiosa tradición: el desfile de San Casiano.

En tiempo inmemorial, un día de Santa Cecilia (22 de noviembre), fiesta en Villavaquerín, apareció por esta localidad un hombre de largas barbas y ataviado con una capa. Hay quien sostiene que se trataba de un mendigo. Otros le identificaron con un maestro muy serio, jorobado y que destacaba por su fealdad.

Sea como fuere, no se le volvió a ver, pero el recuerdo provocó que en los años siguientes por Santa Cecilia los jóvenes de Villavaquerín decidieran imitarle disfrazándose para parecerse a él. Y le pusieron nombre: Casiano.

Se fue institucionalizando y cada año un chico era paseado durante las fiestas en una carretilla o en un burro, vestido con una capa parda o una gabardina vieja, un sombrero y un bastón.

Esta tradición se perdió momentáneamente, pero en 1979 se retomó.

Para darle más relevancia se trasladó de fecha: en Santa Cecilia hace frío y hay poca gente en el pueblo, por lo que se realiza en las fiestas de la Virgen del Prado. Aunque el día 8 de septiembre es la fiesta grande, es el día siguiente cuando se celebra el acto más emblemático: el desfile de San Casiano (un santo profano).

La participación popular comienza mucho antes: en cada edición un colectivo (las solteras, los solteros, las casadas, los casados, etc.) se encarga de la organización. Antiguamente iban por las casas animando a los demás a participar y pidiendo dinero para poder pagar más días de música y fiesta.

El día 9 de septiembre se disfraza a un chico o una chica con capa negra, peluca gris, barba, gafas de sol, sombrero o gorro y cachaba, y se le pinta la cara de negro. De esa guisa nadie, salvo su familia y las personas que le disfrazan, saben quién es.

Otros cuatro jóvenes del pueblo le portan sentado en andas. Al llegar a la plaza del Ayuntamiento, los vecinos le lanzan agua, serpentinas, harina…; antes tiraban también huevos, espuma, mostaza, ketchup, higos, etc. Durante esta “procesión”, amenizada por dulzaineros, las mujeres van con cribas llenas de pastas que ofrecen a los espectadores a cambio de un donativo para obras sociales.

La “procesión” finaliza tirando al protagonista al pilón o al arroyo. Con el agua se despoja de la pintura y de los disfraces y de esa forma se desvela su identidad.